!Papá, ya empiezo a entender el francés¡
En el año de 1986, iniciamos mi familia y yo, una aventura increíblemente
desafiante: partir a Francia por 4 años, mientras yo estudiaba el doctorado en
Ciencia y Tecnología de Alimentos. La decisión en realidad estuvo basada en que
Miriam y yo tomamos el reto cada uno desde su punto de vista, quedando los
niños incluidos en él, pues eran el factor sine qua non podríamos Miriam y yo
enfrentar tal reto.
El salir a otro país es en sí mismo un reto formidable, el
hacerlo en familia, lo agranda 100 veces y si por añadidura está el asunto de
que nos teníamos que mantener con una beca de CONACYT, lleva los eventos a
niveles estratosféricos..
Así y todo lo hicimos, concursé por una beca de
CONACYT-CEFI y la gané; con lo que no contaba, es que mi familia llegaría a Francia
6 meses más tarde que yo, después de un curso intensivo de francés de realicé
en Montpellier. Así que tuve tiempo de sobra para instalarme en Aviñón, en
donde renté un pequeño departamento a 5 minutos en bicicleta de mi trabajo
(centro de investigaciones INRA).
Cuando la segunda parte de la expedición llegó a parís, el
13 de diciembre de 1986, el cambio para ellos fue un choque tremendo: País,
idioma, clima (hacía un frio de perros) y cansancio propio de 8 horas de diferencia
de horario.
Leif, siempre ha sido un chico muy sensible a los cambios, él
estaba molestísimo porque no podía entender lo que la gente decía, “¿qué dijo
papá, qué dijo? ….” Me espetaba, a lo que yo le contestaba que tuviera
paciencia, que en Francia se habla en francés y que las personas no hablan
español, pero que seguramente él lo aprendería rápidamente.
Leif se tomó a pecho lo de que en París no se habla en
español y durante la semana entera en que los estuve paseando por la Ciudad Luz , él
iba por la calle preguntando a todo el mundo “¿hablas español?”; aunque estoy
seguro de que alguna persona por ahí lo hablaba, nunca nadie le respondió que
sí y al final quedó convencido de que nadie en Francia lo hablaba.
Como Francia es el país de las huelgas, resultó que se
pusieron en huelga los encargados de las oficinas de consignación de equipajes.
Allá, uno puede poner en consignación una maleta en la estación de París, pero
para que quede en consignación en Aviñón, así que las 9 maletas pesadísimas con
todas las ropas y juguetes de mis hijos quedaron atoradas por un mes en la
oficina de consignación de Aviñón.
Por nuestra parte, nos fuimos a Martigues, una hermosa
ciudad mediterránea, cercana a Marsella, que es conocida como la Venecia francesa,
pues la recorren canales de navegación, por toda la ciudad, siendo bellísima.
En esa ciudad vivía una buena amiga, casada con un francés, a quien
visitaríamos por un par de días, para irnos habituando al nuevo país, en una situación
más amigable en casa de esta paisana y comiendo a lo mexicano.
Cuando llegamos, ella no estaba, pues seguramente había
salido a comer por ahí cerca, así que nosotros hicimos lo mismo, ir a comer
algo en un restaurantillo cercano.
Ya en él, nos sentamos en un gabinete los cuatro y mientras
platicábamos entre nosotros, la mesera, que seguramente era andaluza de Almería,
por el acento, como nos oyó hablando en español, se acercó y se dirigió a
nosotros en un español con tremendo acentazo, conservado por los años de hablar
en fracés “¿les puedo ayudar en algo?, ¿les puedo traer algo?", entonces Leif con
los ojos abiertos de gran asombro, me
dijo:
“Papá, ya empiezo a entender el francés”
Se imaginarán la risa y el júbilo que nos causó, la mesera
quedó estupefacta, a lo que le comenté: “disculpe, es la primera vez que oye un
acento como el suyo…”
-“Claro es que yo soy andaluza….”
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