martes, 24 de diciembre de 2013

Los tres en bicicleta





Los tres en bicicleta.

Este blog tiene la intención de recordar y compartir con Leif, Itnuit y Miriam los momentos gloriosos que vaya yo recordando de los maravillosos 20 años en que convivimos los 4 compartiendo espacios, tiempos y experiencias.

Empiezo esta relatoría con una anécdota acaecida durante los 4 años en que vivimos en Francia, mientras yo realizaba mi doctorado de 1986 a 1990…

El hecho de que los cuatro nos hayamos desplazado hacia un país nuevo para nosotros, en donde no conocíamos las costumbres, el idioma y la cultura, nos puso a todos ante pruebas insospechadas, las que sin duda forjaron en algo nuestro carácter, así como la forma en que desde entonces, afrontamos situaciones diferentes y desafiantes.

Resulta ser que como llegué a Francia 6 meses antes que los demás integrantes de mi familia, en lo que ellos llegaban y dado que mi departamento se encontraba a 3 o cuatro minutos en bicicleta del instituto donde realizaba mi tesis, la primera adquisición que hice en el país fue precisamente una bicicleta, misma que conservamos todo el tiempo que permanecimos en Francia.

Un tiempo después, adquirimos un coche, para poder desplazarnos con mayor facilidad los 4, con lo que la bicicleta quedó un poco relegada, al uso que le podíamos dar Miriam mi esposa y yo, ya que los chicos aún eran pequeños para el tamaño de bicicleta.

Con el tiempo, los niños, quienes aprendieron francés en menos de dos meses, se hicieron de amigos en la escuela, Miriam aprendió francés a muy buen nivel y teníamos ya los cuatro nuestros horarios perfectamente acoplados: en la mañana, llevar a los chamacos a la escuela, ir al instituto a trabajar, algunas veces en bicicleta para dejarle el coche a Miriam para que pudiese hacer sus labores y en la tarde pasar por Leif e Itnuit al conservatorio donde estudiaban música para aprovechar sus tardes. En la nochecita, como a las 7, iba Miriam por los chicos al conservatorio, para reunirnos los cuatro a cenar, ya en casa.

Cuando todo parecía estar en armonía, sucedió el milagro…., Miriam consiguió trabajo como maestra de español para la industria agroalimentaria, no obstante que los franceses están convencidos de que ningún extranjero puede hacer algo mejor que ellos, ni siquiera hablar el español, lo que como comprenderán es una sandez descomunal.

En poco tiempo, la fama de la extranjera como maestra de español, se extendió por todo el sur de Francia requiriéndola más y más.

Uno de estos cursos, resultó ser en la tarde, en una ciudad distante 26.4 km de Montfavet donde vivíamos, Carpentras, lo que nos desarmonizó la vida, ante el estudio de las armonías de mis hijos, pues ya se le hacía imposible pasar por ellos a la clase de música, mientras que era imperativo que Miriam usase el coche para ir a dar su clase.

Así que quedé encargado en pasar por ellos, a las 7 de la noche “a como dios me diese a entender”, pues no había posibilidad de tener otro coche ni en sueños, ni siquiera era yo capaz de pagar taxis, con la escueta beca que me dispensaba de vez en cuando el CONACYT; luego el coche, descartado; otro coche, descartado; taxi, imposible a menos que dejásemos de comer.

Quedaron entonces dos posibilidades, a pie, lo que representaba para mí caminar 6 km, 3 con los niños y sus instrumentos musicales o la semiabandonada bicicleta, no tardé mucho en decidirme por esta última, más rápida y con menor esfuerzo.

Desde que este curso de Carpentras inició, cada tarde de música, a las 7 de la noche, circulaban por las calles de Montfavet, tres gallardos personajes, montados en una bicicleta para uno, cargando los instrumentos musicales desde el conservatorio de Montfavet hasta la rue Alain Chartier, haciendo lo posible por conservar el camino, dando los menos tumbos posibles y zigzagueando por los caminillos del lugar, para no tomar ninguna vía principal pues en ellas habría más peligro con los autos y camiones circulando. Yo iba al volante y pedaleando, Itnuit sentada en la pequeña parrilla con el saxofón sobre sus piernas y el insigne Leif sobre el volante, con los pies al aire gritando y dando instrucciones sobre el camino

Así recorrimos la distancia del conservatorio de música hasta casa, mientras el curso de Carpentras se llevaba a cabo. Pueblo chico, infierno grande; fuimos la comidilla del lugar, mientras nuestra aventura ciclística continuó, en opiniones de asombro sobre nuestra osadía, pues quedaban atónitos de lo que hacíamos y de cómo nos divertíamos los tres en bicicleta. Estoy seguro de que alguno de ellos nos habría recomendado para el "Cirque du Solei", si hubiese existido, los comentarios llegaron hasta el instituto donde trabajaba y algunos de mis amigos hasta me ofrecieron ayuda para el transporte. Nunca la acepté, nada me hubiese quitado un ápice de esos momentos gloriosos de convivencia entre los tres.

2 comentarios:

  1. Qué buenos recuerdos de esos días, esa bicicleta sí que cumplió su oficio y mucho más!

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  2. Me encanta leer lo q escribes Arturo!! Me haces sentir la historia y vivirla como si estuviera ahi.
    Felicidades
    Los adoro! !

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