Los tres en
bicicleta.
Este blog tiene la intención de recordar y compartir con
Leif, Itnuit y Miriam los momentos gloriosos que vaya yo recordando de los
maravillosos 20 años en que convivimos los 4 compartiendo espacios, tiempos y
experiencias.
Empiezo esta relatoría con una anécdota acaecida durante los
4 años en que vivimos en Francia, mientras yo realizaba mi doctorado de 1986 a
1990…
El hecho de que los cuatro nos hayamos desplazado hacia un
país nuevo para nosotros, en donde no conocíamos las costumbres, el idioma y la
cultura, nos puso a todos ante pruebas insospechadas, las que sin duda forjaron
en algo nuestro carácter, así como la forma en que desde entonces, afrontamos
situaciones diferentes y desafiantes.
Resulta ser que como llegué a Francia 6 meses antes que los
demás integrantes de mi familia, en lo que ellos llegaban y dado que mi departamento
se encontraba a 3 o cuatro minutos en bicicleta del instituto donde realizaba
mi tesis, la primera adquisición que hice en el país fue precisamente una
bicicleta, misma que conservamos todo el tiempo que permanecimos en Francia.
Un tiempo después, adquirimos un coche, para poder
desplazarnos con mayor facilidad los 4, con lo que la bicicleta quedó un poco
relegada, al uso que le podíamos dar Miriam mi esposa y yo, ya que los chicos
aún eran pequeños para el tamaño de bicicleta.
Con el tiempo, los niños, quienes aprendieron francés en
menos de dos meses, se hicieron de amigos en la escuela, Miriam aprendió
francés a muy buen nivel y teníamos ya los cuatro nuestros horarios
perfectamente acoplados: en la mañana, llevar a los chamacos a la escuela, ir
al instituto a trabajar, algunas veces en bicicleta para dejarle el coche a
Miriam para que pudiese hacer sus labores y en la tarde pasar por Leif e Itnuit
al conservatorio donde estudiaban música para aprovechar sus tardes. En la
nochecita, como a las 7, iba Miriam por los chicos al conservatorio, para
reunirnos los cuatro a cenar, ya en casa.
Cuando todo parecía estar en armonía, sucedió el milagro….,
Miriam consiguió trabajo como maestra de español para la industria
agroalimentaria, no obstante que los franceses están convencidos de que ningún
extranjero puede hacer algo mejor que ellos, ni siquiera hablar el español, lo
que como comprenderán es una sandez descomunal.
En poco tiempo, la fama de la extranjera como maestra de español,
se extendió por todo el sur de Francia requiriéndola más y más.
Uno de estos cursos, resultó ser en la tarde, en una ciudad distante
26.4 km de Montfavet donde vivíamos, Carpentras, lo que nos desarmonizó la
vida, ante el estudio de las armonías de mis hijos, pues ya se le hacía
imposible pasar por ellos a la clase de música, mientras que era imperativo que
Miriam usase el coche para ir a dar su clase.
Así que quedé encargado en pasar por ellos, a las 7 de la
noche “a como dios me diese a entender”, pues no había posibilidad de tener
otro coche ni en sueños, ni siquiera era yo capaz de pagar taxis, con la
escueta beca que me dispensaba de vez en cuando el CONACYT; luego el coche,
descartado; otro coche, descartado; taxi, imposible a menos que dejásemos de
comer.
Quedaron entonces dos posibilidades, a pie, lo que
representaba para mí caminar 6 km, 3 con los niños y sus instrumentos musicales
o la semiabandonada bicicleta, no tardé mucho en decidirme por esta última, más
rápida y con menor esfuerzo.
Desde que este curso de Carpentras inició, cada tarde de
música, a las 7 de la noche, circulaban por las calles de Montfavet, tres
gallardos personajes, montados en una bicicleta para uno, cargando los
instrumentos musicales desde el conservatorio de Montfavet hasta la rue Alain
Chartier, haciendo lo posible por conservar el camino, dando los menos tumbos
posibles y zigzagueando por los caminillos del lugar, para no tomar ninguna vía
principal pues en ellas habría más peligro con los autos y camiones circulando.
Yo iba al volante y pedaleando, Itnuit sentada en la pequeña parrilla con el
saxofón sobre sus piernas y el insigne Leif sobre el volante, con los pies al
aire gritando y dando instrucciones sobre el camino
Así recorrimos la distancia del conservatorio de música
hasta casa, mientras el curso de Carpentras se llevaba a cabo. Pueblo chico,
infierno grande; fuimos la comidilla del lugar, mientras nuestra aventura ciclística
continuó, en opiniones de asombro sobre nuestra osadía, pues quedaban atónitos
de lo que hacíamos y de cómo nos divertíamos los tres en bicicleta. Estoy
seguro de que alguno de ellos nos habría recomendado para el "Cirque du Solei",
si hubiese existido, los comentarios llegaron hasta el instituto donde
trabajaba y algunos de mis amigos hasta me ofrecieron ayuda para el transporte.
Nunca la acepté, nada me hubiese quitado un ápice de esos momentos gloriosos de
convivencia entre los tres.
